Habían pasado varios días desde la visita
de Pensamiento y Sam se hallaba lejos de su hogar, a medio camino para llegar
al cruce de mundos. Un lugar que enlazaba con todos los mundos existentes y desde
donde se podía llegar al mundo elegido. Aquella noche días atrás, Pensamiento
le narró lo acontecido en la reunión y sobre las consecuencias por la ausencia
de Muerte. El equilibrio de las realidades se tambaleaba y esto hacía accesible
a nuestra realidad a cualquier fuerza externa. Las experiencias vividas a lo
largo de su existencia le habían otorgado gran sabiduría. Esta era la razón por
la que Pensamiento se había tomado tantas molestias en su aprendizaje. Para tratar con magia requiere habilidad y sacrificar una parte
de uno mismo. Cuando Sam preguntaba a su maestro por ello, siempre le respondía
que habría tiempo para comprenderlo. Ahora ese tiempo se le escapaba de entre
los dedos, aunque aún no lo sabía.
El peligro lo consideraba una minucia comparado
con todo lo que sus idas y venidas a través de los mundos le habían proporcionado.
Los conocimientos adquiridos eran justa recompensa por su vida. Al menos así lo
consideraba Sam. Mientras recorría senderos ya olvidados y sus pies barrían el
polvo de antaño portentosas ciudades, no podía evitar dejarse llevar por los
recuerdos. Sam recordaba el día en que Pensamiento le entregó el brazalete que
lucía en su mano izquierda, oscuro y sin reflejos que alterasen su forma. Un objeto
del que ni Pensamiento conocía su origen, pero aun así le fue entregado. ¿Cómo,
si no, podría dar forma a la magia que le envolvía?
Un signo...un brazalete, a ver que nos trae...
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