—Por todos los diablos, ¿qué demonios ha
sido eso?—De un salto, Sam se alzó del suelo y miró a su alrededor, jadeando
como un ciervo que huye del cazador.
—Cálmate, Sam, ya ha pasado —lo tranquilizó
Pensamiento.
—¿Cómo que ha pasado? He podido sentir su
presencia tan claramente como siento la tuya. Eso no ha sido un vulgar sueño. ¡No
me digas que me calme! He estado a punto de nombrarlo, yo. Casi le he otorgado
poder sobre la forma.
Sam se derrumbó agotado y tembloroso, como
si hubiese pasado días caminando sin descanso. Su mente se inundaba con cientos
de pensamientos a la vez.
—La realidad se debilita más rápidamente de
lo que imaginaba, si la profundidad puede ejercer su influencia en el reino Onírico
—dijo Pensamiento, con tono sombrío—. Los guardianes no deberían haber
permitido que sucediese, al menos no tan pronto.
—Pensamiento, te ruego que me expliques lo
que sucede. ¿Por qué deseaba que fuese yo quien le diese un nombre?
Los ojos de Pensamiento brillaron
indescifrables y profundos bajo la luz del amanecer.
—Esperaba no tener que prevenirte sobre
esto, Sam. Me temo que ahora carezco del poder para protegerte, así que escúchame
con atención.
El cuervo sacudió la cabeza y continuó:
—Mi conocimiento proviene en parte de Muerte.
Ahora que no estoy ligado a ella, carezco de su vasto conocimiento. Pero sospechaba,
y ahora estoy seguro, que el equilibrio te ha unido a la Profundidad. Tú debes
decidir si le nombras o le niegas. Dime, Sam, ¿qué elección tomarás?
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