Con los últimos
rayos del día, Pensamiento y Sam llegaron ante la entrada situada al pie de la
montaña. Una vez que la flanquearon, un angosto camino enterrado en oscuridad
les aguardaba para conducirlos ante la puerta. La montaña pendía sobre ellos,
amenazante por ser turbado su silencio. Un aire frio emanaba de sus entrañas
envolviéndolos como una mortaja. Sam se concentró en formar una esfera radiante
de luz para que guiase su camino sin mayores tropiezos. Tras lo que parecieron
días, aunque tan solo habían pasado unas horas, llegaron al final del túnel. Una
gran caverna abarcaba toda la vista. El techo se perdía en la espesa profundidad
de las tinieblas y era tal su anchura, que un lago habría cabido allí. En el
centro, suspendido a escasos centímetros del suelo, un aro de perfecta manufactura
y grabado con intrincados símbolos se abría ante ellos. Era capaz de albergar una
casa en su interior sin que esta rozase su perímetro. Sam pareció salir de su
ensimismamiento, plagado de recuerdos de la noche anterior. Había permanecido
en silencio desde que Pensamiento le formulara la pregunta. El destino tenía un
humor extraño por el precio a pagar por usar la magia y éste le parecía a Sam
desmesurado. Elevó el brazalete hacia la puerta y la magia que podía usar a través
del objeto logró que un reflejo opaco apareciese en la superficie del círculo.
—Pensamiento, no lo haré —dijo Sam con
convicción—. Jamás le otorgaré un nombre.
Y
dicho esto atravesaron la puerta.
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