Sus pies
colgaban desde la repisa de la fachada del edificio, balanceados suavemente por
el viento. Las luces se reflejaban en su mirada. Ella permanecía ajena al movimiento
que daba vida a la ciudad. Miles de seres caminaban por sus calles, nutriéndola
con sus emociones, sin ser conscientes ni siquiera de ellos mismos. Nada de esto
importaba a María, ella comprendía el voraz apetito de la ciudad pero no
lograba escapar. María era una muchacha que podría considerarse feliz, siempre
y cuando no se fuese partícipe de sus pensamientos. Tenía unos padres que la
amaban, buenos amigos y un futuro prometedor cuando acabase sus estudios en la
Universidad. De lo que carecía María, era de ilusión por vivir. Nada de lo que
hacía lograba entusiasmarla, se sentía como aquellos que caminaban bajo sus
pies. Por ello, cerró los ojos y saltó al vacío. Tras lo que le pareció una
eternidad, creyó escuchar el graznido de un cuervo. Pero, ¿cómo era posible?
¿Acaso estaba soñando? Recordaba vívidamente haber saltado desde la azotea de
un edificio. El silencio la envolvía hasta que escuchó aquel graznido. Un
cuervo de pico dorado la observaba desde la rama de un inmenso árbol, de
corteza oscura y sin hojas. A su alrededor, se extendía un desierto cubierto
por una espesa bruma.
—¿Dónde estoy? —acertó a preguntar—. ¿Es esto
el cielo?
—Pequeña, ya no hay cielo ni infierno —le
respondió el cuervo, para su sorpresa—. Tan solo esto queda ahora, al menos hasta
que mi Ama regrese.
»Dime, pequeña, ¿eres tú mi Ama, o solo un
pobre espíritu condenado?
Seguro que es un espíritu condenado...
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