—Este
lugar nunca deja de sorprenderme. —Sam se quedó inmóvil, apenas respiraba. Tras
el umbral que acababan de traspasar, se asomaba un reflejo del mismísimo
Universo. La representación lo envolvía en toda su grandeza. Quién o quiénes
habían creado la encrucijada, lo desconocía. Sin duda era obra de los dioses,
quién si no podría haber creado tal belleza para tan práctico modo del viajar. Allí
donde mirase, las galaxias se expandían y agrupaban, iluminando el cosmos de
infinitas combinaciones de colores. Casi podía sentir el calor de las estrellas
que pendían como copos de nieve. Ninguna era parecida, todas poseían cualidades
propias. Pero lo que realmente asombraba a Sam eran los planetas que, tan distantes
como semejaban, apenas estaban a un pensamiento de su alcance. Había, sin
embargo, un peligro terrible en viajar por la encrucijada. Se debía tener conocimiento
previo del lugar al que se quería ir. Si un viajero se aventurase desconociendo
el más mínimo detalle del mundo elegido, vagaría por siempre por el reflejo del
universo. Allí, el tiempo solo era un concepto insustancial.
Una de las
primeras lecciones que Pensamiento le enseñó fue el modo de viajar por la
encrucijada. Le mostró mediante reflejos lugares de mundos que podrían
interesarle. Desde entonces, gracias a esos conocimientos, Sam había viajado
por decenas de mundos. Esto le permitía presentarse como un exótico
comerciante, llevando sus inusuales mercancías allá donde se sintiese más
cómodo para vivir. Sus comienzos como caminante de los reflejos fueron
difíciles, estando en varias ocasiones cerca de perderse. Cuando contempléis cometas
en el firmamento, observad con atención su estela, pues podréis distinguir los
rostros de aquellos que fueron descuidados en sus viajes.
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