Las estrellas
se apagaban a su alrededor. Allí donde fijaba la mirada tan solo acertaba a
contemplar el pálido brillo antes de desaparecer. Se encontraba inmóvil sobre
un trozo de tierra y a su alrededor tan solo había oscuridad.
—Dame un nombre —exigió la Profundidad—,
dame un nombre o toda vida será consumida.
Sam era incapaz
de moverse o pensar. Se encontraba petrificado, carente de dominio sobre su
cuerpo, como una sombra sin vida.
—Dame un nombre, Sam —insistió la voz sin
rostro, con un tono seductor—, no creas las mentiras que te han contado sobre mí.
Fui desterrado de la realidad, atrapado y condenado a consumirme a mí mismo.
La voz era hipnótica, cada palabra
pronunciada era pura y poderosa resonando en su mente. Debía darle un nombre,
ese era su deber. Aun más, era su destino, pues así se lo decía su mente. No
hacerlo resultaría un acto de crueldad inimaginable. De pronto, sintió
recuperar el control de sus labios. Era todo cuanto necesitaba para saciar la necesidad
que le empujaba a darle al ser un nombre para recompensar su sufrimiento. Inspiró
profundamente llenando sus pulmones, hasta sentir como si su pecho se fuera a
quebrar; ahora podría pronunciar el nombre que liberaría de ser condenado. Una
mancha oscura desgarró su piel y le gritaba, ensordeciéndole.
—¡Despierta
Sam! ¡Despierta! No pronuncies ninguna palabra, por lo más sagrado. ¡Despierta!
—Sam reconoció la voz de Pensamiento.
Despertó
entre gritos con el corazón latiendo como si fuera a salir de su pecho.
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