viernes, 10 de mayo de 2013

REUNION DE CUERVOS 1.10

Sus pies colgaban desde la repisa de la fachada del edificio, balanceados suavemente por el viento. Las luces se reflejaban en su mirada. Ella permanecía ajena al movimiento que daba vida a la ciudad. Miles de seres caminaban por sus calles, nutriéndola con sus emociones, sin ser conscientes ni siquiera de ellos mismos. Nada de esto importaba a María, ella comprendía  el voraz apetito de la ciudad pero no lograba escapar. María era una muchacha que podría considerarse feliz, siempre y cuando no se fuese partícipe de sus pensamientos. Tenía unos padres que la amaban, buenos amigos y un futuro prometedor cuando acabase sus estudios en la Universidad. De lo que carecía María, era de ilusión por vivir. Nada de lo que hacía lograba entusiasmarla, se sentía como aquellos que caminaban bajo sus pies. Por ello, cerró los ojos y saltó al vacío. Tras lo que le pareció una eternidad, creyó escuchar el graznido de un cuervo. Pero, ¿cómo era posible? ¿Acaso estaba soñando? Recordaba vívidamente haber saltado desde la azotea de un edificio. El silencio la envolvía hasta que escuchó aquel graznido. Un cuervo de pico dorado la observaba desde la rama de un inmenso árbol, de corteza oscura y sin hojas. A su alrededor, se extendía un desierto cubierto por una espesa bruma.
    —¿Dónde estoy? —acertó a preguntar—. ¿Es esto el cielo?

    —Pequeña, ya no hay cielo ni infierno —le respondió el cuervo, para su sorpresa—. Tan solo esto queda ahora, al menos hasta que mi Ama regrese.
    »Dime, pequeña, ¿eres tú mi Ama, o solo un pobre espíritu condenado?

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