Había estado lloviendo toda la noche. Por suerte para Sam, la puerta a este mundo, se encontraba en el interior de un viejo templo abandonado. Tras encender un fuego, con maderas de lo que en su día, fueron muebles de magnifica manufactura, comió frugal mente y se abandono al sueño. Esta vez, ninguna pesadilla o ser, altero su merecido descanso.- Malditos bastardos, hijos de una puerca.
Si creéis, que por ser cuatro contra uno, me achantareis. Comprovareis en vuestras carne, que merezco ser hijo de mi padre.- El alboroto, formado fuera del templo, por gritos y entre chocar de metal, devolvió a Sam a la vigilia. Medio dormido, se asomo al borde del muro derruido, que sostenía la puerta del templo. Vio a cuatro hombres, instigando a un pobre desgraciado que estaba acorralado contra un árbol. Los hombres, portaban armaduras de cuero endurecido, por lo que Sam, imagino que pertenecerían a la guardia de alguna ciudad cercana.- Ladrón, asqueroso. Robas a mi señor, que te acoge en su casa y no contento con ello, desonrras a su hija. Te juro por la sombra, que colgare tus pelotas de la punta de mi pica.- Mientes, yo no he robado nada a tu señor. Ese tacaño, no me pago por mi trabajo y me he cobrado la deuda por mi cuenta. Lo que respecta a su hija, de doncella tenia muy poco, por como se movía entre las sabanas.- Perro sarnoso, morirás aquí y ahora. Prepara os, atacaremos a la vez.- Dijo el soldado, que parecía estar al mando. Aquel tipo, fuera un ladrón o no, le caía bien. Miro en rededor suyo y diviso un viejo atril entre los escombros. Quizás en otro tiempo, habría sostenido libros de rezos, pero ahora, con un poco de magia podría convertirlo en un bastón.
No permitiría, que aquel hombre, muriese como un animal...
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