La gran caverna, en cuyo interior se encontraba la puerta. Tenia forma de un gigantesco cono. En el centro de la misma, había una pirámide. La parte superior de la pirámide, tenia forma de un habitáculo cuyo parecido con un gran cubo de lados perfectos resultaba hipnótico a la vista.
Desde el suelo de la caverna hasta el habitáculo, se llegaba mediante una escalera esculpida en la superficie de la pirámide. Sus paredes estaban cubiertas por completo por relieves, cuyas imagenes de seres imposible para la mente de un mortal, hacían que te estremecieras al mirarlas. Los soldados, ocultos para tender la trampa a Sam y sus compañeros, darían fe de estas palabras.
Se mantenían tan pegados los unos a los otros que las respiraciones se unían en una sola. El suelo por donde se podía caminar , siempre y cuando se fuese cuidadoso. Discurría en espiral, uniendo la única entrada de la caverna con la base de la pirámide. A pesar de que aquel lugar no dejaba impasible a nadie que lo visitara. lo que atraía todas las miradas al entrar o salir, según fuera el destino. No era aquella tenebrosa pirámide, tampoco su extra vagante camino serpenteante. Todos aquellos detalles palidecian, ante el tenue refulgir azul que surgía de las paredes y techo de la gran caverna. Cada centímetro, estaba recubierto con cristal azul. Si el mismo cristal que arrancaron del pecho de Murtt. Fue torturado y sometido a la delirante mente de aquellos que se consideraban civilizados. Cierto es, que muy pocos de la base conocían aquel crimen realizado a tan hermoso ser, pero ello no les hace menos culpables de su propia ignorancia. Aquellos soldados, ocultos a todas las miradas, aguardaban la llegada de sus desprevenidas presas. Eso creían, al menos hasta que aparecieron tras ellos como fantasma surgidos del averno...
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